viernes, febrero 24, 2006

CUENTOS BREVES

SIEMPRE EN DOMINGO

Ayer fue domingo y aún sigo sin entender por qué pasó lo que sucede siempre en domingo; sueño con otros domingos, los pasados, los vivídos, pero no cualquier domingo, ah! no, sólo con los memorables, esos que se quedan en el disco duro personal, aquellos que me han dejado sinsabores, los cómicos, aquellos fatídicos, aquellos mágicos infantiles, y los otros empapados de amores estudiantiles y tardes de café. Además no son estrictamente sueños, a pesar del sopor puedo recordar que en el pseudo sueño todo pasa exactamente igual a como lo fue en la realidad.
El recuerdo en turno de ayer fue de una experiencia relativamente cercana, hace 3 años. Era domingo (obviamente) cerca de las 8 de la noche y me sentía cansado al igual que mis compañeros de viaje. Íbamos camino a Puerto Progreso en un pointer alquilado, yo no conducía, lo hacía Iván quien para disimular su sueño se inclinaba hacia adelante casi acariciando el volante con la barbilla. Yo era el copiloto. Vaya cargo, debía mantener a Iván despierto. En un par de ocasiones me dormí. Me vencía el peso de la cabeza y al instante despertaba sorprendido volteando a comprobar si nadie me había visto. La oscuridad de la noche nos había sorprendido y no lo teníamos previsto ni deseado. La luz del faro del puerto nos invadía perfecta cada 10 segundos como trazada por un compás avisándonos que el destino se acercaba, su suave vaivén nos adormilaba más y el fin del camino parecía mas bien alejarse. Había sido un día cansado.

De hecho desde el viernes que llegamos estuvimos en un trajín digno de peregrinos. Llegamos a Mérida, de ahí a Valladolid, luego Tulúm pasando por Cobá. Después Playa del Carmen, Cancún, y el domingo al mediodía salimos de regreso a Mérida para culminar el viaje en Progreso. A la altura de Izamal la autopista llegó a su fin, sólo un carril por dirección y un Topaz delante nuestro. Nunca olvidaré al maldito Topaz que estuvimos persiguiendo durante dos horas sin poderlo rebasar. Ya eran las 8 de la noche y no veíamos la hora de llegar al Puerto. La pesadez del cansancio se mostraba infame en nuestros rostros iluminados por el faro. Luz..... Oscuridad por 10 segundos....Luz.....otra vez oscuridad. En la radio comenzó a sonar “Casualidad” de los Babasónicos y el sonido del flautín me relajó. “Me dejo ir con libertad y en simultáneo estoy disfrutando de esto, dejándome llevar” cantaba Adrián Dargelos. Entonces entré en un estado de gravidez, me invadió la melancolía cuando sentí la brisa de Progreso, el olor de Progreso, la cercanía de Progreso, aquel puerto donde mi padre nació y al que no había vuelto desde que este murió. De pronto se fueron el sueño, el cansancio, el aburrimiento y la pesadez... desaparecieron. Sólo había melancolía en mí y una euforia infinita. Las lágrimas estaban a flor de piel en espera de la mínima señal para comenzar su recorrido por mis mejillas. Era como si en aquel lugar el viejo me estuviese esperando con el ansia de quien espera a un ser querido por nueve años. Sentí que mis acompañantes percibieron mi sentir y hasta noté cierta complicidad en sus rostros. Ellos sabían por lo que estaba pasando, lo sentían también y yo sólo estaba a la espera de unas palabras de aliento para explotar en llanto.
Sólo entonces, cuando por fin entramos al pueblo alguien pudo articular unas palabras y dijo: “¡Ah, hoy es la final de la academia!”
y obvio: desperté.



Yo soy Dargelos

'